BUENOS AIRES.- Los analistas coinciden en apreciar que la postura mucho más dura que adoptó David Cameron sobre Malvinas es una cortina de humo destinada a darle algo de circo a la opinión pública inglesa. La tasa de desempleo más alta de las últimas dos décadas (8,4%) con tres millones de desocupados, un millón de ellos de menos de 24 años, un déficit del Presupuesto de 12% del PBI, huelgas en diferentes sectores de la actividad económica y la posibilidad de seguir apretando a los contribuyentes parecen ser el sustento de su actual patriada, en defensa de los pobladores de las remotas Falkland. Al subir la apuesta y decir, sin mirar su propio ombligo, que la Argentina "es un país más que colonialista" porque no atiende la voluntad y los intereses de los kelpers, "quienes quieren seguir siendo británicos", el primer ministro no inventa nada; al fin y al cabo, a Margaret Thatcher no le fue tan mal en ese aspecto hace 30 años. Frente a la bravata de Cameron la pregunta que hay que hacer desde este lado del mostrador es: ¿y por casa, cómo andamos?

Aquí, también el momento es propicio para que el Gobierno despache sus propias cortinas de humo, a 30 años de aquel demencial 2 de abril. Hay elementos económicos y sociales que han empezado a oscurecerse y cosas amargas por ejecutar. Si con los ingleses no alcanza, siempre habrá enemigos internos a vencer (la semana pasada, Mauricio Macri, las petroleras y la prensa no alineada volvieron a quedar en el ojo de la tormenta K) o epopeyas a encarar, como una nueva reforma de la Constitución.

La causa por las islas es una causa de todos y si hay necesidad de disimular cosas para adentro y para afuera del partido gobernante, para que de esa manera el foco se desplace de los temas conflictivos a un encolumnamiento de la opinión pública casi sin fisuras, el tema de convergencia es sin dudas el del Atlántico Sur. Más allá de la construcción de un relato siempre positivo y esperanzador para la opinión pública, habrá que ver cuánto pesa de ahora en más en los dos platillos de la balanza de la política gubernamental el ajuste en ciernes y la escalada por Malvinas.

La falta de dólares, el menor nivel de actividad, alguna cuota de mayor desempleo, la baja de subsidios, el aumento de los combustibles y las tarifas de los servicios públicos y transportes, la inflación que complica el poder adquisitivo, quizás la necesidad del Estado de endeudarse y de arreglar sí o sí con el FMI y el Club de París, junto a los pagos al CIADI que pidió la administración Obama y la presión para evitar que los salarios pasen de 18/20% en el año es una medicina de sabor muy amargo para cualquier gobierno.

Cómo decirle a la militancia que la fiesta está en riesgo, mientras se le pide que no abandone la calle y defienda desde la dialéctica una situación apenas defendible si, aunque se maquille todo, finalmente se ejecutan los ajustes desde la ortodoxia. Sin dudas, Malvinas puede ser algo aglutinante con la excusa del "mientras tanto". La trampa para el kirchnerismo está en que si se continúa con la receta del impulso a la demanda agregada y al retraso cambiario se puede ahondar la brecha a cubrir y no habrá retorno. Hay quienes afirman que el gen de los políticos contiene es el afán de supervivencia.

Sin embargo, un discurso del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, expresado ante militantes, que reprodujo la revista El Guardián, abre alguna duda al respecto: "La economía no es algo universal, sino de cada país. Cuando vos, además de comer, podés comprarte una pilcha, tomarte vacaciones, irte a un lindo telo... Ahí, ya la gente está feliz, ésa es la economía de la felicidad, la economía de nuestro Gobierno", dijo para edulcorar. Es que pese al voluntarismo, en todo este cóctel de difícil pronóstico, hay que registrar como primera dificultad de peso los números macroeconómicos de la Argentina, cuyo arreglo ha sido puesto bajo el paraguas de la llamada "sintonía fina". En ese aspecto, la sequía que está diezmando los cultivos hará bajar no sólo la cantidad de dólares que habrá de ingresar al país, sino también la recaudación que, por retenciones, dejan las ventas agropecuarias. Ante el compromiso comercial y fiscal que se presenta, la custodia de los dólares resulta vital y ésta es la difícil misión que ha tomado para sí el nuevo hombre fuerte del Gobierno.

Así, lo expresó también con muchísima honestidad Moreno en el mismo encuentro, casi como abriendo el paraguas en cuanto a sus objetivos: "Si este año tenemos un superávit comercial de entre 10 y 12 mil millones de dólares, el show puede continuar. Si estamos debajo de 10 mil millones, vamos a estar complicados y si estamos debajo de los 6 mil, olvídense".

Hace unos días, un funcionario del ministerio de Economía le había advertido a DyN que para salirse con la suya materia de "vivir con lo nuestro", Moreno era capaz de dinamitar todos los puentes. "Más de una vez, cuando hubo acercamientos con el Fondo, aparecieron señales a contramano de lo que se estaba negociando y se caía todo", confidenció la fuente. Lo que hay que determinar, en todo caso, es si el secretario actúa por convicción ideológica o por lograr cartel y todo lleva a la primera de las dos opciones. Que Moreno se ha puesto en papel de guardián imprescindible dentro del Gobierno no le puede caber duda a nadie: tiene licencia para matar. En ese aspecto, toda la manija que le ha dado a su actuación la presidenta de la Nación ha sido fundamental. En la misma entrevista, el súperfuncionario no dudó en pegarle de modo indirecto al vicepresidente Amado Boudou o al actual ministro de Economía, Hernán Lorenzino, quienes desde hace mucho tiempo aspiran a un arreglo con los organismos internacionales y el Club de París: "Algunos pajarones por ahí, andan diciendo que hay que volver a los mercados a buscar dólares. Esos no entienden nada", disparó.

En cuanto a los medios de prensa gráficos, los mandobles también le llegaron vía Guillermo Moreno, ya que se reglamentó la Ley que apunta a darle al Estado, hoy socio minoritario, el control efectivo de Papel Prensa. En primer término, lo más notorio de la Resolución fue que se fijó un cupo de importación de papel, algo que no se hacía desde hace muchos años, lo que le permitirá a Moreno, combinado con las DJAI, decidir de modo unilateral a quién sí autorizar, a quién no, cuánto y a qué precio.

Pero, además, en medio de una maraña de disposiciones, comenzó el proceso por el cual se busca expropiar de modo indirecto la porción accionaria de los dos socios privados de la papelera, los diarios Clarín y La Nación. La trampa de la Ley está en que se le exige a Papel Prensa que presente antes del 1 de marzo un plan de inversiones que aumente la capacidad de producción, una manera de evitar gasta divisas de importación. Hoy, las papeleras en el mundo se están cerrando y no es negocio para nadie hacer una ampliación de un commoditie que se puede comprar más barato en el exterior. La Ley dice que si los privados no hacen la inversión la hará el Estado y que se cobrará la misma licuando las acciones de sus socios. Quien tenga la potestad de controlar la producción y de fijar los cupos de importación representa un grave peligro para la libertad de prensa, sobre todo si es un fundamentalista como Moreno, quien entiende que es aceptable para la salud del modelo que se baje una línea única hacia la opinión pública.